26.8.04

 

Okupas y ciudad democrática

FERRAN MASCARELL
El Periódico de Catalunya
26 de agosto de 2004



Mucha gente querrá creer que el hecho de que unos okupas impidan la lectura del pregón de unas fiestas ciudadanas es una anécdota. También calificarán de anecdótico que en una fiesta mayor se hagan fiestas alternativas a las vecinales.
Demasiado a menudo dichas fiestas alternativas sólo son distintas a las otras en una cosa: no aceptan respetar las reglas del juego forjadas por los vecinos a lo largo de los años. No aceptan, por ejemplo, los horarios establecidos; pretenden acabar a cualquier hora sin respetar los acuerdos entre los vecinos y la Administración pública para hacer viable una convivencia razonable entre los distintos intereses que se combinan en el espacio urbano. Además de no aceptarlo, algunos alternativos incluso han amenazado a los vecinos que no se han plegado a su lógica imperativa.
PERSONALMENTE, estoy convencido de que no estamos ante hechos anecdóticos. Impedir un pregón es impedir la libertad de expresión. Amenazar a los vecinos, dificultar las labores de limpieza y las de la policía municipal, destrozar el mobiliario urbano pagado con el dinero de todos son la expresión de pensamientos y prácticas antidemocráticas.
Los que creemos que una de las principales conquistas de la humanidad pasa por hacer posible que el espacio urbano sea un espacio de libertad, de solidaridad, de comunicación humana, en definitiva un espacio de todos, no podemos estar contentos frente a estos hechos ni satisfechos de la actitud de algunos responsables políticos democráticos que parecen preferir nadar y guardar la ropa con determinados okupas y alternativos.
Tampoco podemos estar contentos con algunos comentaristas mediáticos que parecen estar dispuestos a reír todas las gracias de los okupas antes que analizar la deriva antidemocrática de ciertas conductas. Durante las fiestas de Gràcia hemos podido ver y escuchar reportajes y crónicas que parecían cuestionar a los vecinos incomodados y a las autoridades democráticas más que las actitudes antidemocráticas de muchos de los alternativos. Todo esto, pues, no tiene la categoría de simple anécdota. Todo esto pone de relieve algunas de las contradicciones del momento actual de nuestra sociedad.Detrás de muchas de estas situaciones parece prevalecer una cierta desorientación a la hora de reforzar los fundamentos de convivencialidades más robustas.
Detrás de estos sucesos parece ganar terreno el desprestigio de la verdad colectiva, parece hacerse mayor la corriente de fondo que enaltece los atractivos del relativismo social más absoluto. A mi entender, el todo vale, que niega una cierta verdad social compartida, nos conduce a la negación de la convivencia.
ES HORA DE recuperar el sentido preciso de las palabras y los hechos. Sé perfectamente que no todos los okupas son iguales. Dentro de este movimiento hay gente que, de buena fe, presiona y ataca los márgenes de un sistema económico y político que permite un régimen de propiedad privada a menudo profundamente insolidario. Sé también que no todos los alternativos, por más antisistema que sean (y el sistema ofrece motivos suficientes para serlo), avalan los métodos destructivos de muchos de sus colegas ideológicos.
Sé que muchas de las opiniones condescendientes expresadas en los medios de comunicación son consecuencia de una especie de escepticismo asociado a determinados tics provocados por el desprestigio de la política y que el trato de las noticias puede ser fruto de la precipitación y no de la opinión de fondo de los propios medios. Quizá por ello algunas crónicas parecen dar por bueno que tras el tema Hamsa hay un debate entre la opción okupa como sinónimo de interés colectivo y la opción pública como sinónima de malignos intereses privados cuando la realidad es la contraria.
Sé, por lo tanto, que hay que afinar y que habrá que seguir profundizando en las herramientas conceptuales para hacer frente sin simplificaciones a las realidades complejas que se esconden tras un pregón impedido. Pero debemos empezar por decir que un pregón vecinal impedido es algo profundamente antidemocrático.
Ante los sucesos de estos días sólo existe una doble receta: más política democrática y más rigor mediático. Impedir un pregón cuestiona algunos de los valores que nos han permitido convertir los barrios en espacios democráticos de convivencia. La convivencia funciona cuando hay una relación de respeto. El respeto nos eleva a la condición de ciudadanos. Ante esto, no vale aparentar que no ocurre nada: hay que reforzar y profundizar el espíritu democrático. O daremos marcha atrás como colectividad. Y aún hoy, para muchos de nosotros, Catalunya es un proyecto de futuro porque antes que nada es un proyecto de libertad.


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